miércoles, 26 de enero de 2011

Scenic World

«Las luces se prenden, las luces se apagan.
Cuando las cosas no se sienten bien,
me recuesto como un perro cansado,
lamiendo las heridas en la sombra.
Cuando me siento vivo,
trato de imaginarme una vida despreocupada,
un mundo panorámico donde todos los atardeceres quitan el aliento»
.


Matthew despertó con un movimiento brusco, quedando de frente al ventanal de su apartamento. Aún estaba oscuro, pero para él ya era costumbre levantarse y que la noche aún reinase en el cielo. Se levantó con pesadez de su gastado colchón, que acostumbraba posar en medio de la habitación casi vacía.

Aún medio aletargado, se dirigió hacia la esquina de la habitación en donde se juntaban una tras otra las muchas botellas de licor vacio o semivacío que almacenaba. Sacudió una a una en busca de un poco del líquido que lo insensibilizaba ante todo, pero en esta ocasión no había ni un poco en las botellas. Bufando, tiró la botella que tenía en su mano con violencia junto a las demás.

Molesto e irritado por la abstinencia y el poco descanso, se cambió de ropa para salir a la calle y empezar el día. Se dirigió a la habitación que usaba para asearse. Abrió el grifo oxidado, esperando que un poco de agua saliese por él. Lavó su cara y talló con fuerza con una toalla, con la idea de asear un poco su rostro. Cuando terminó, pasó su mano por el vidrio roto que servía como espejo para quitar la capa de suciedad que había en el. Con un poco de oprobio se fijó en su imagen reflejada. Su cabello negro azabache era largo, lo suficiente para que cubriera parte de sus ojos y orejas, y se encontraba completamente enmarañado, saltando a la vista varios nudos creados por la falta de un peine. Contempló detenidamente su rostro avejentado. Demasiado. Lo hacía parecer un hombre que entraba a los cuarenta y no lo que era: un joven que no pasaba de los veintitantos. Las arrugas de expresión surcaban su frente y el contorno de sus ojos, los labios cuarteados por el inclemente clima se notaban ásperos al tacto y le incomodaban hasta el punto de sangrar. Y sus ojos, que en algún momento de su vida los creyó grises, ahora se notaban oscurecidos, casi negros. Su pálido rostro, que antes era elegante y aseado, ahora lo cubría una espesa barba.

Con asco por su imagen, Matthew se alejó con prisa de su “espejo” y salió al saloncito.

Matthew Daniels sabía que esa no era su imagen, al menos no la que recordaba. Si su familia lo viese, sus amigos, y sus antiguos conocidos lo observasen de esa manera, con la desgracia que parecía cargar en sus hombros, nunca lo reconocerían. No habría manera que supieran que él era aquel joven ambicioso por el futuro, con hambre de éxito y poder, fama y dinero.

Dirigió su mirada hacia el ventanal a tiempo para empezar a ver el sol aparecer, haciendo que los tonos anaranjados, casi dorados, aclararan un poco su vista cansada. Con afán, recogió su gastada chaqueta del banco donde la dejaba por las noches. Se la colocó mientras sentía a su estómago retumbar por el hambre. Se calzó las botas gruesas que usaba y se colocó su viejo gorro de lana, esperando que hoy fuese suficiente para aminorar un poco el frío de las calles de Chicago.

Salió al pasillo y cerró la vieja puerta de su apartamento. Bajó lentamente las roídas escaleras del viejo edificio; temía que, si lo hacía con rapidez, las escaleras colapsarían.

Por fin puso un pie en la calle, y como lo esperaba, el frío era insoportable, pero también sabía que si no salía no podría comer.

Caminó por las desiertas calles hacia un pequeño restaurante en el centro de la ciudad. Al llegar, se dirigió a la puerta trasera donde el dueño le esperaba para que hiciera ciertas tareas para él. Sacar la basura, limpiar los tragantes, remover la suciedad de los viejos hornos, eran algunas de las difíciles tareas que realizaba pero que le daban para comer. Cerca de las diez de la mañana, habiendo terminado su labor, se dirigió hacia la puerta de la cocina como de costumbre para que le dieran el suculento plato de comida.

También para ver a la pequeña mesera del lugar: la sonriente Dominique. No era una belleza despampánate que hacía que los hombres se detuvieran para verla. Era pequeña, bastante bajita, con un cuerpo normal, su cabello rojizo oscuro era largo, pero ella lo sujetaba en una coleta y dejando unos mechones rebeldes que enmarcaban su fino rostro. Su nariz pequeña y sus ojos azul cielo la hacían verse aun más joven e ingenua, pero era su sonrisa la que encantaba a Matthew.

Matthew se quedó de pie en la puerta de la cocina y pudo vislumbrar a Dominique que hablaba con un hombre en la barra. Ella se reía del comentario que él había hecho. No pudo evitar pensar en lo linda que se veía con esa sonrisa pintada en sus labios rosas.

Espero pacientemente a que ella se acercara para por fin irse y poder buscar el segundo trabajo del día.

―Hola, Matt ―la voz de Dominique le despertó del letargo de sus pensamientos―. ¿Lo mismo de siempre? ―preguntó, refiriéndose a la comida. Él contestó con un asentimiento silencioso. Dominique le sonrió y se dirigió hacia la cocina a servirle.

Él siempre pedía un filete, ensalada y acompañamiento, y lo que sea que estuviera al alcance para beber.

―Aquí tienes, Matt ―dijo ella, ofreciendo un plato descartable lleno de comida.

«Muy apetitosa», pensó Matthew.

―Gracias, Dominique ―contestó tomando el plato. Ella sonrió y se alejó para seguir con sus quehaceres en el lugar.

Matthew sonrió con pena. De las pocas personas con las que tenía contacto en su vida, Dominique era la única que eran lo suficientemente amable y amistosa para llamarle Matt.

Salió de la cocina hacia el callejón.

Después que Dominique le entregara su comida, él se volvía invisible para ella. A pesar de toda su amabilidad y fingida amistad, sabia eso: que era fingida. Lástima y pena que la hacían actuar con una falsa amabilidad hacia él.

Comió con rapidez en el callejón, no teniendo otro lugar en el cual poder comer tranquilo.

Se dirigió hacia su segundo trabajo en un supermercado al otro lado de la ciudad. Se dedicaba a cargar las pesadas cajas de productos que llegaban al almacén y acomodarlas en el depósito. Ese trabajo le daba lo suficiente y exactamente lo necesario para pagar el lugar de mala muerte donde podía dormir en paz. Era un trabajo pesado y mal pagado, pero en verdad lo agradecía. De no ser por el, tendría que dormir en las calles.

Cuando el día terminaba, Matthew pasó con el gerente para que le pagase. Luego se dirigió hacia aquel edificio que él llamaba hogar.

De camino, no pudo evitar recordar que las botellas de licor yacían vacías en la esquina de su mugriento departamento. Y sin ningún remordimiento, compró una botella de licor para poder tranquilizarse en la oscuridad de cuartucho.

El camino de regreso fue largo, como lo sentía cada noche. Las corrientes frías de aire lo hacían apretujarse en vano con su abrigo y desear poseer un par de guantes que abrigaran sus frías manos. Apretó la botella de vodka en busca de algo de calor, en vano.

Las calles oscuras lo ponían nervioso, así que apresuró el paso para poder llegar rápido a su lugar. Cuando por fin pisó el polvoriento vestíbulo del edificio, pudo sentirse seguro. Todo lo seguro que podía estar en ese lugar.

Subió uno por uno los escalones hasta llegar a su piso, y con delicadeza abrió la puerta esperando que esta no se zafara de sus goznes. Al entrar a la habitación intentó encender las luces, dando una y otra vez encendido y apagado al switch, hasta que comprendió que probablemente le habían cortado la luz, otra vez. Dándose por vencido, caminó a tientas hasta su zarrapastroso colchón y se tumbó en el. Buscó en la oscuridad la sucia cobija que ocupaba para calentarse por las noches, y se acurrucó en ella. Se quitó el gorro y lo tiró contra el banco, para sacar después su preciada botella de licor.

Con ansias dio un trago, que inmediatamente le calentó desde adentro. Según iba pasando el tiempo y los tragos, el frío iba pasando y su mente se iba desconectando de su realidad a aquella fantasía que alguna vez creyó era su futuro. Recordó lo que era no sentirse solo, sentirse confiado y amado. Sentirse seguro. Despreocupado de todo.

Por un momento recordó que él quiso ser un médico, y se imaginó en un hospital atendiendo pacientes, siendo consultado por sus colegas y siendo admirado. Se vio a si mismo siendo reconocido e idolatrado. Se vio junto a la que era su familia, orgullosa de sus logros. Y finalmente, se vio junto a una mujer. Al principio, esta mujer no tenía rostro, pero con el tiempo obtuvo uno y un nombre. Era Dominique. Con ella fantaseaba con formar su familia anhelada. La vio a ella, tan gentil y amable, delicada y sonriente junto a él, en su hogar. Su cabello rojizo, como siempre en una coleta, y su sonrisa deslumbrante y genuina para él. Preciosa como solo ella. Visualizó una casa hermosa, en donde él estaba seguro que ella sería feliz, y él haría de todo para que así fuese.
Esa era su simple fantasía. Esos eran sus sueños inducidos por su estado etílico. Lo que lo hacían descansar de la vida dura que llevaba. Era la irrealidad que lo hacía olvidar la pesada carga que era su vida.

Matthew despertó con un movimiento brusco, quedando frente al ventanal de su apartamento. Otra vez había despertado.

Otra vez había perdido aquello que con tanto anhelo deseaba.

Todo lo que un día tuvo y todo lo que jamás sería suyo.

Había perdido su mundo panorámico.

Y una vez más, tenía que hacer frente a su realidad. 

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Esta pequeña historia fue mi entrada al concurso de Lady Cornamenta: The Shuffle Contest. Mi historia quedo en cuarto lugar (YAY!) Si, me emociono. Es la primera vez que gano algo.
Como sea, lo pongo aqui para que puedan leerlo.
 Y debo agradecer a quienes votaron por mi. Y por quienes me leyeron. Y agradecer a Lady Cornamenta por hacer el concurso e inspirarme para empezar a escribrir historias originales (tal vez de verdad haga una).
Bueno, ya. 
Gracias 

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